Bienvenido a este blog. Hasta principios de otoño de 2018 y desde marzo de 2010, sirvió para que el alumnado al que atendí en las áreas de Música y Lenguaje tuviera a su disposición una herramienta que poder usar al trabajar en dichas materias.
A partir de ahora se convertirá en el escritorio de un maestro jubilado. Pero no queriendo eliminar, por su posible utilidad, la información acumulada durante los ochos años citados, convivirán juntas las experiencias de una parte importante de la vida laboral con las experiencias de la vida de quien ya no ejerce la docencia.
Una advertencia: Desaparecen todas las imágenes y vídeos del alumnado, pero seguirá habiendo acceso a ellos a través del blog original, pulsando en el siguiente enlace Blog de Música y Lenguaje
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viernes, 22 de abril de 2022

MUCHAS GRACIAS, SR. CONGOST

Mediada la década de los sesenta, en Granada no había muchas tiendas de juguetes. Mi memoria las sitúa prácticamente todas en los alrededores de la Plaza de Bib-Rambla. Paso obligado para llegar desde mi domicilio hasta la vivienda de mis tíos, la citada plaza era como una isla de ilusión. Cercana la Navidad la avalancha de juguetes que se exhibían en los escaparates "del 95" era realmente emocionante: para todas las edades, de todas las categorías, para niños, para niñas... Yo me cosía al cristal mirando embelesado hasta que el vaho de mi respiración me empañaba la visión y debía desplazarme unos pasos para recuperar el esplendor de aquella maravillosa imagen. Entre los juguetes y yo sólo mediaba un cristal de pocos milímetros y... cuatrocientas o cuatrocientas cincuenta pesetas que era el valor máximo que mis padres se podían permitir para "mis Reyes". Allí vi juguetes soberbios que estimulaban mi imaginación y hacían que me viera sentado en alguno de los tres escalones que dividían el pasillo de mi casa. Cada uno de ellos se convertía en un escenario: arriba los indios, en el centro las piezas de mi arquitectura... No siempre mis deseos eran concedidos, unas veces por el precio, otras porque aquellas joyas se agotaban con rapidez. 

Payá, Congost eran entonces palabras carentes de significado para mí. Sólo sabía que figuraban a todo color en las cajas de algunos juguetes. Fue mucho más tarde cuando supe sobre ellas y precisamente por eso escribo estas notas a modo de homenaje a un genio que consiguió proporcionar a los niños de aquella época días y días de distracción y de ilusión. Muchas gracias, Sr. Congost; don Luis.

Lluis Congost i Horta nació en Bañolas en 1917 y fue el genio creador de un mundo de juguete. Ingeniero Industrial, fundó en 1963 la empresa CONGOST en Barcelona. Comercializaba y distribuía sus propios juguetes. En 1974 se asoció con la marca Mattel para distribuir juguetes como Barbie o Blandi Blup. Tras su muerte en 1989, quedarán siempre en el recuerdo y en los museos del juguete sus productos más conocidos: Autocross, Xilomatic (xilófono), Minibillar, Laberinto dinámico.

(Texto y fotografía tomados de la Web)

Además de los juguetes mencionados, yo no quiero dejar en el olvido otras dos de sus creaciones que a mí me fascinaron y que hoy considero obras maestras de un virtuoso por su mecánica ingeniosa y espectacular. Una, Rescate Espacial y otra, Sonitrén.




Rescate Espacial presentaba un helicóptero unido mediante dos varillas conductoras de electricidad a un soporte móvil que se desplazaba a través de una ranura mediante un mecanismo de poleas, en dos sentidos (control de ruta). Un segundo mecanismo elevaba el helicóptero (control de altura) permitiendo el contacto eléctrico y el funcionamiento de la hélice delantera (eje horizontal). Al otro lado de las varillas se encontraba el receptáculo de pilas que nivelaba el peso con el helicóptero. Un tercer mecanismo permitía  el desplazamiento del aparato (control de velocidad). El aire generado por dicha hélice movía la hélice superior (eje vertical). Con estas herramientas debíamos capturar por imantación a tres pequeños astronautas sentados en una cápsula y desplazarlos a una barquita. El conjunto se presentaba sobre un rectángulo de lata decorado con unas islas. En la actualidad es necesario colocar un peso adicional cerca del helicóptero pues las pilas actuales pesan menos que las originales. Este aparato consiguió el premio "Molinillo de Oro" al mejor juguete en el Salón de la Infancia y de la Juventud de Barcelona (1969-70).


Sonitrén presentaba una diminuta locomotora a la que se enganchaban dos vagoncillos. El tren se movía por un circuito de lata decorado preciosamente con casitas, carreteras, lagos, huertas... Se añadían una estación, tres túneles, un camping, así como diversos puentes, depósitos de agua, árboles y señales de tráfico (en bulto redondo). El mecanismo es realmente fascinante, pues se acciona con una manivela desde el exterior del circuito, siendo posiblemente cazoletas de arrastre las encargadas del movimiento del tren. Un dispositivo especial imitaba el silbido de la locomotora y el mismo sistema de arrastre hacía subir y bajar un paso a nivel en el momento adecuado. Una auténtica joya.


Rebuscando por la web encontré lo que podía ser la patente de este sistema de movimiento, y os transcribo literalmente el texto hallado.

Pista de juguete, caracterizada porque está constituida por una base soportante provista de relieves diversos para el acoplamiento y el asentamiento de los elementos activos, hallándose ensambladas a dicha base una placa inferior de fondo y una placa superior que posee marcada una trayectoria curvilínea cerrada, de tipo epicicloidal, y unas prominencias a modo de montes y edificaciones estando contenido entre las placas citadas un mecanismo de accionamiento que es activado por medio de una manivela exterior y al margen de la trayectoria, el cual mecanismo termina en una corona giratoria portadora de un piñón excéntrico de libre giro, unido a un brazo radial que posee un imán en el extremo opuesto, cuyo piñón engrana alrededor de una rueda dentada fija concéntrica que al ser accionada a mano la manivela, se provoca la rotación de la corona en cuestión y la traslación del piñón excéntrico, al tiempo que este piñón gira por su engrane con la rueda fija, todo lo cual se traduce en unos movimientos del brazo radial que consisten en una rotación y una traslación conjunta con el piñón excéntrico, por lo que el imán del mismo brazo describe un movimiento idéntico al de la trayectoria marcada al efecto en la pista, determinando el arrastre del vehículo situado en ella, siguiendo el ritmo imprimido desde la manivela del mando.

El movimiento epicicloidal al que se alude en la descripción, es éste:


(Imagen tomada de la web)

Otras fotos interesantes


(Imagen tomada de la web)


(Imagen tomada de la web)

De nuevo, gracias al creador de estas fuentes de ilusión. Gracias, don Lluis Congost i Horta.

Hasta la próxima

miércoles, 20 de abril de 2022

ROMA RECONSTRUIDA

Transcurriendo el curso escolar 2013-2014 diseñé la utilidad que ahora os presento. La idea, mostrar al alumnado una visión reconstruida de Roma y poder así apreciar la grandeza de sus edificios, hoy muy deteriorados dada su antigüedad (algunos, alrededor de 2500 años).


El trabajo está preparado para las PDI Promethean con las que en aquel momento contaba el centro. Se trata de superponer en la imagen actual una transparencia con la imagen ideal (ya se han eliminando de ésta las partes de construcción que aún se conservan) y hacerlas coincidir.  

El vídeo os muestra el desarrollo completo de la aplicación.


Aunque el rotafolios se halla en la página oficial de Promethean Planet, os lo dejo por medio de este ENLACE por si os parece de utilidad.

Hasta la próxima

sábado, 2 de abril de 2022

¡JAIME, PEPE, DECID LA VERDAD!

 ¡Jaime, Pepe, decid la verdad!

(A mis amigos Pepe y Jaime, al que nunca olvidaré)

En 2013 mi hija recibía una de las 100 becas que la Universidad Internacional Menéndez Pelayo concedía a los mejores bachilleres de España y que les permitía asistir al Aula de Verano Ortega y Gasset que se desarrollaría a finales de agosto en el Palacio de la Magdalena de Santander. Mi mujer y yo la acompañamos y pudimos disfrutar unos días de la bella ciudad y alrededores.

Conocí la capital cántabra contando yo con quince años y con motivo de la finalización de aquel Bachillerato (de seis años) que se iniciaba con diez y que fue enterrado ya por posteriores Leyes de Educación. Por aquellas fechas los viajes de estudios se llevaban a cabo poco antes de Semana Santa. El nuestro supuso un periplo de once días, gracias al cual algunos contemplábamos por primera vez los encantos de Madrid, Zaragoza, San Sebastián, Bilbao, Santander...

Como naturalmente ocurre en cualquier grupo humano, los afines nos íbamos acercando y solíamos salir juntos en los tramos horarios de libre disposición que el profesorado nos asignaba. Fue en aquel viaje donde los incipientes vínculos de amistad de tres adolescentes, se afianzaron definitivamente hasta nuestros días. Éramos Jaime, Pepe y yo.

Paseando con mi esposa por el atractivo paseo marítimo, localicé un pequeño puerto de embarcaciones ligeras y botes y le sugerí acercarnos a él. Lo reconocí de inmediato aunque habían transcurrido casi cuarenta años. Algo había cambiado, pero en lo fundamental seguía igual. Era el mismo al que aquella tarde de finales de marzo de 1974 nos aproximamos los tres amigos con el empeño de alquilar algún batel y remar un poco. Disponíamos de tiempo libre, eran alrededor de las cuatro y en hora y media podíamos bogar un rato y retornar a tiempo al punto de encuentro para proseguir las actividades con el resto del grupo.

Yo miraba con obstinación y ya no había botes de madera. Ahora eran pequeños barcos multicolores, de fibra de vidrio. Sentí cierta nostalgia. Creo que localicé el punto exacto donde embarcamos y recorrí con la vista la trayectoria hasta escapar del pequeño puerto. Alcé la mirada y un estremecimiento transitó por mi cuerpo. Primero experimenté perplejidad pero enseguida me sosegué. Esbocé una ligera sonrisa y me alegré de estar allí cuatro décadas más tarde.

Los tres amigos descendimos por unos escalones de piedra y nos dirigimos a un hombrecillo tostado por el sol, la tez surcada por las arrugas del tiempo y el trabajo, boina calada y mirada seria. Le declaramos nuestro deseo y su negativa fue rotunda. Los botes no se alquilaban. Porfiamos argumentando que pagaríamos un precio razonable aunque sólo fuera por media hora de uso. No sin objeciones, el hombre aceptó aunque con un requisito: no podíamos salir de la dársena.

Abordamos la minúscula isla de madera y nos hicimos a los remos. Sólo Jaime revelaba tener más pericia con el palo. El puertecillo se nos hizo pequeño y, observando que el hombre ya no reparaba en nosotros, pusimos proa a mar abierto. ¡Qué felicidad! Con toda energía hundíamos las maderas en el agua, que cada vez se hacía más oscura. Al poco, el calor del esfuerzo obligó a despojarnos de las gabardinas. Sí, gabardinas. Pantalón largo, camiseta, camisa, saquito (ahora se le llama jersey) y gabardina. Por supuesto, zapatos de cordones. Nos alternábamos con las palas y percibíamos cómo la ciudad se hacía pequeña. No había peligro de que el hombrecillo nos fiscalizara. Para nosotros no habrían pasado ni diez minutos, tal era nuestro arrebato, pero se habían deslizado bastantes más. A espaldas del remero se divisaba, aún distante, tierra firme. Resolvimos llegar hasta allí, teníamos tiempo.

Seguíamos remando y riendo y criticando la destreza del improvisado marinero que intervenía en cada momento como motor de la embarcación. Nos impusimos callar cuando apreciamos un ruido extraño por debajo de nuestro bote. No sabíamos que había sido y dejamos de reír. Ya sólo se oía el mar. Al momento entendimos qué sucedía. Una de las tablas del barquichuelo se había levantado y comenzaba a entrar agua. Dentro de la chalupa había una cuerda enrollada y una lata. La cogimos y comenzamos el achique. Absurdo, pues entraba más líquido del que arrojábamos. Dispusimos continuar hasta aquella tierra firme que ahora sí, se nos presentaba demasiado lejos. Evoco mi cruce de miradas con Jaime, su expresión y lo que ella transmitía. En esa situación, pies cubiertos de agua hasta las espinillas y arrojando con el envase a marchas forzadas, pudimos estar al menos media hora, pero no sentíamos frío.

Alguno de los tres observó y gritó con entusiasmo que el agua se hacía menos oscura, y así era. El fondo empezaba a verse poco a poco, cada vez con más claridad. Quince minutos más, tal vez, y los cangrejos se distinguían con toda claridad. Dos metros, un metro, medio. La barca dejó de moverse y nosotros podíamos salir de ella aún bastante lejos del destino que nos habíamos propuesto. Saltamos fuera y decidimos qué hacer, toda vez que regresar era imposible. Teníamos que dejar la triste nave a salvo y poniendo bajo su quilla los remos a modo de rodillos, la empujábamos. No avanzamos ni veinte metros cuando los dos maderos se habían partido por el peso soportado. Nos quedaba la soga. Localizamos una piedra, la agarramos, la trasladamos y a ella anudamos la barca. A partir de ese momento, correr en dirección hacia lo que creíamos era lo más cercano. Y corrimos, vaya si corrimos. El agua salía del interior de nuestros zapatos, que eran más pesados de lo habitual. Esqueletos de embarcaciones parecían mirarnos mientras nos preguntábamos dónde estábamos y qué era aquello. Pero no había mucho que pensar, sólo correr y correr. Llegamos hasta una zona donde podíamos subir a un nivel superior y lo hicimos. Y desde allí contemplamos con pesar la barca (Rosario se llamaba y aún recuerdo su matrícula), ya bastante lejos y como si los tres amigos hubiéramos salido de una gran bañera. Algo inexplicable. Seguimos corriendo pantalón remangado y por fin nos topamos con una persona a la que le preguntamos cómo volver a Santander. Con amabilidad pero con extrañeza nos señalaba con su brazo extendido la dirección que debíamos tomar, también que encontraríamos un muelle y una barcaza municipal que saldría en diez minutos. Había que seguir corriendo. ¿En diez minutos? Alguno miró su reloj, eran las ocho menos diez de la tarde. De nuevo a la carrera. Pero lo conseguimos, llegamos y subimos a bordo. Durante el trayecto de retorno ninguno dijimos una sola palabra. Bajamos del transporte y nos encaminamos hacia el embarcadero donde cuatro horas y media antes habíamos alquilado una vieja barca. Ahora cobraba sentido el hincapié del hombrecillo en que no saliéramos del embarcadero.

Al dueño no lo encontramos, pero sí indicamos a otro pescador que habíamos dejado la barca 'allí a lo lejos, en la playa y amarrada a una piedra'. El pescador nos miraba con asombro tanto por oír lo de la playa de la que hablábamos como por la historia que le acabábamos de relatar.

Ya quedaba el último acto de la función. Regresamos al hostal y allí estaba nuestro profesor que, aunque para sus  adentros se alegró  enormemente de vernos, nos  soltó una  reprimenda sobrecogedora.

-¿¡De dónde venís!? -decía enfurecido. Yo le relataba atropelladamente, como podía. Pero él no creía una sola palabra de mi explicación.

-¡Jaime, Pepe, decid la verdad! ¿¡Dónde habéis estado!?

No recuerdo el correctivo que nos impuso, aunque lo aceptamos obedientemente. Sí recuerdo que finalmente admitió como veraz nuestro relato y también recuerdo sus palabras: "La marea baja os ha salvado la vida".

Me giré hacia mi mujer, que preguntaba por mi estado de enajenación momentánea. Volví en mí, le sonreí, miré de nuevo al mar y nos marchamos.

                                                           Luis Gerardo Ortiz  (abril de 2022)

Hasta la próxima 

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